El Gobierno tiene dos respuestas para dos problemas distintos. Para la carne cara, bajó retenciones a la exportación. Para la ropa cara, bajó aranceles a la importación. En los dos casos, la medida beneficia a alguien — pero no al consumidor argentino.
El caso de la carne: retenciones que no llegan al consumidor
Cuando bajan las retenciones a la exportación de carne, el productor gana más vendiéndole al mundo. Eso es legítimo. El problema es que también le vende más caro al mercado interno, porque el precio local se empata con el internacional.
La carne vacuna aumentó entre un 40% y un 60% en términos relativos respecto del resto del mundo en el primer cuatrimestre de 2026. Argentina produce carne para alimentar a cuatro veces su población y, sin embargo, el consumidor local paga más que un francés o un australiano. Eso no es un mercado que funciona. Es un negocio que funciona para algunos.
El caso de la ropa: aranceles que bajan, precios que se mantienen
Con la ropa, la lógica es la opuesta pero el resultado es el mismo. El Gobierno bajó los aranceles de importación de indumentaria del 35% al 20%. Y sin embargo Argentina sigue teniendo los precios de ropa más altos de América Latina.
¿Por qué? Porque mientras no se toque la carga impositiva interna —IVA, Ingresos Brutos nacionales, provinciales y municipales, impuesto al débito y crédito— cualquier producto que entre ya llega caro. Se movió un engranaje sin desarmar la máquina.
Apertura importadora sin reducción de costos: una receta para destruir industria
Y hay algo peor. La apertura importadora sin reducción de costos internos no genera competencia real: genera destrucción. Las fábricas textiles que no pueden competir con productos chinos subsidiados cierran. Los trabajadores quedan en la calle. Y los beneficiarios no son los consumidores —que siguen pagando caro— sino los importadores que llenan góndolas con producto de afuera mientras la industria nacional se achica. Eso no es libre comercio. Es dumping con nombre propio.
Desde la salida de la convertibilidad, el precio de la ropa en Argentina aumentó un 32% por encima de la inflación general, mientras que en el resto del mundo se abarató en la misma proporción. El problema es estructural y tiene décadas. Pero la solución no puede ser destruir lo que queda de industria nacional para que alguien importe más barato sin que los precios bajen igual.
La salida real: bajar primero los costos del Estado
Estamos a favor de la libre competencia, de la libertad de comercio, de bajar impuestos al consumo y de defender el bolsillo de las familias. Pero eso exige que el Estado primero baje sus propios costos —los sueldos de la política, el gasto discrecional, los privilegios de la administración— y limpie la corrupción interna antes de pedirle al sector privado que se ajuste.
Mario Vadillo
