Del durazno a $250 el kilo al mostrador a $3.000: el sistema que exprime al productor y estafa al consumidor

Le pagan $250 o $670 el kilo al productor, según destino y calidad. Vos lo pagás $2.500 o $3.000 en la verdulería. La pregunta es tan simple como incómoda: ¿dónde queda esa diferencia? No es magia, no es el clima y no es el verdulero del barrio. Es un sistema diseñado para que el único socio que siempre gane sea el que no produce.

Del durazno a $250 el kilo al mostrador a $3.000: el sistema que exprime al productor y estafa al consumidor

Le pagan $250 o $670 el kilo al productor, según destino y calidad. Vos lo pagás $2.500 o $3.000 en la verdulería. La pregunta es tan simple como incómoda: ¿dónde queda esa diferencia? No es magia, no es el clima y no es el verdulero del barrio. Es un sistema diseñado para que el único socio que siempre gane sea el que no produce.

El productor cobra primero y cobra poco.

Produce con costos dolarizados, mano de obra intensiva, riesgos climáticos y mermas inevitables. No fija precios, no traslada impuestos y no puede “esperar a ver si mejora”. Si no vende, pierde todo. Cuando la fruta no va a fresco, aparece la industria como válvula de presión: $250 + IVA para fábrica; $150 + IVA para descarte. Eso no es precio de mercado: es precio de poder. Funciona como techo para el fresco y como amenaza permanente. “Si no te gusta, va a fábrica”.

Mover fruta no es cargar tornillos.

Para transportar hay exigencias sanitarias obligatorias: DTV-e, habilitación del vehículo, controles en ruta. Todo eso no agrega valor al producto, pero agrega costos y riesgos. Una carga puede perderse al 100% por calor, golpes, demoras o decomisos. Por eso existen seguros y márgenes preventivos. No por avaricia, por supervivencia.

La cadena larga y el impuesto en cascada.

Productor, consignatario, puesto en mercado concentrador, verdulería. En cada cambio de manos hay IVA, Ingresos Brutos, tasas, cargas laborales, impuesto al cheque. No es que una factura diga “50% impuestos”. Es peor: la presión fiscal se acumula. El mismo durazno tributa varias veces antes de llegar al mostrador. El Estado cobra siempre, aunque a alguien se le haya podrido la mercadería.

La merma existe y alguien la paga.

La fruta madura, se golpea, se pierde. En verdulería la merma no baja del 15 al 25% y con calor puede ser mayor. Esa pérdida no la absorbe el productor —que ya cobró barato— ni el Estado —que cobra igual—. La paga el consumidor.

El mito del verdulero abusivo.

El verdulero paga alquiler, luz, sueldos, transporte y mermas. No es el villano. Es otro rehén de una cadena mal diseñada. El problema no es una persona; es el sistema de comercialización.

Mercados concentradores: cuando no hay mercado.

Los centros de distribución, grandes mercados y cadenas de supermercados no funcionan como mercados libres. Funcionan como estructuras de poder. Deciden quién entra, quién vende, a qué precio y cuándo. En ese esquema, la opacidad no es un accidente: es el lubricante del sistema.

Subfacturación, mercadería que “no existe” en los papeles, controles selectivos y coimas forman parte de una dinámica conocida por productores, transportistas y comerciantes. No se trata de hechos aislados ni de manzanas podridas, sino de un mecanismo tolerado que permite que algunos evadan, otros recauden menos de lo que corresponde y el costo final se traslade al eslabón más débil y al consumidor.

La consecuencia es doble: el Estado pierde recaudación real y, paradójicamente, compensa esa pérdida presionando sobre quienes no pueden evadir, mientras los precios finales siguen inflados por una intermediación que no agrega valor.

La exportación: la caja negra.

En teoría debería equilibrar precios y sacar excedentes. En la práctica, exportan pocos, siempre los mismos, con información privilegiada. El productor no sabe a cuánto se exporta, con qué tipo de cambio, con qué reintegros ni cómo se distribuye la renta. La divisa entra, no derrama. El precio interno baja y el productor queda afuera del negocio grande.

La experiencia que desmiente el relato oficial.

Cuando el productor vende directo, el sistema tiembla. Pasa con zapallo en el NOA, con melón en Mendoza y con producciones chicas que venden directo por internet. Productores sin flota ni logística sofisticada —a veces sin camioneta— salen como pueden. ¿Resultado? Les sacan la mercadería de las manos. Buen precio para el productor, precio razonable para el consumidor. Sin magia. Sin intermediarios.

Estos casos prueban algo incómodo: la cadena larga no es una necesidad económica, es una construcción de poder. Cuando se la saltea, el negocio aparece. Cuando se la respeta, el productor se funde.

Pero ojo con el verso del “arréglense solos”.

La venta directa funciona, pero no alcanza. No escala sola, no abastece grandes ciudades ni mercados lejanos. Para eso hace falta organización real: cooperativas de verdad, logística compartida, cámaras de frío, mercados regionales abiertos y reglas sanitarias proporcionales. Y un Estado que deje de comportarse como socio parásito y empiece a ser árbitro.

El problema no es que los productores no se organicen.

El problema es que cuando intentan organizarse en serio, el sistema los castiga: más impuestos, más controles inútiles y la misma opacidad en industria y exportación.

El socio invisible: el Estado 

No produce, no transporta, no vende, no pierde. Cobra siempre. Cobra cuando la fruta se vende y cuando se pudre. Cobra en cada paso. Si ese socio se sigue llevando un 3%, 5% o 10% pase lo que pase, el final es inevitable: abandono de chacras, fincas, pérdida de producción local, dependencia de importaciones y precios cada vez más altos.

Cuando la producción local desaparece, no vuelve. Y cuando vuelve, lo hace importada y más cara.

No es ideología. Son números.

No es campo contra ciudad. Es un sistema extractivo que recauda en cascada, tolera la opacidad y empuja el riesgo hacia abajo. Mientras no se defienda la transparencia de los mercados, de la industria y de la exportación, la fruta seguirá cara y el productor seguirá fundido.

La venta directa muestra el camino.

La organización colectiva permitiría recorrerlo a escala.

Sin eso, el socio invisible seguirá ganando… hasta que no quede nada que producir.

Del durazno a $250 el kilo al mostrador a $3.000: el sistema que exprime al productor y estafa al consumidor

Le pagan $250 o $670 el kilo al productor, según destino y calidad. Vos lo pagás $2.500 o $3.000 en la verdulería. La pregunta es tan simple como incómoda: ¿dónde queda esa diferencia? No es magia, no es el clima y no es el verdulero del barrio. Es un sistema diseñado para que el único socio que siempre gane sea el que no produce.

El productor cobra primero y cobra poco.

Produce con costos dolarizados, mano de obra intensiva, riesgos climáticos y mermas inevitables. No fija precios, no traslada impuestos y no puede “esperar a ver si mejora”. Si no vende, pierde todo. Cuando la fruta no va a fresco, aparece la industria como válvula de presión: $250 + IVA para fábrica; $150 + IVA para descarte. Eso no es precio de mercado: es precio de poder. Funciona como techo para el fresco y como amenaza permanente. “Si no te gusta, va a fábrica”.

Mover fruta no es cargar tornillos.

Para transportar hay exigencias sanitarias obligatorias: DTV-e, habilitación del vehículo, controles en ruta. Todo eso no agrega valor al producto, pero agrega costos y riesgos. Una carga puede perderse al 100% por calor, golpes, demoras o decomisos. Por eso existen seguros y márgenes preventivos. No por avaricia, por supervivencia.

La cadena larga y el impuesto en cascada.

Productor, consignatario, puesto en mercado concentrador, verdulería. En cada cambio de manos hay IVA, Ingresos Brutos, tasas, cargas laborales, impuesto al cheque. No es que una factura diga “50% impuestos”. Es peor: la presión fiscal se acumula. El mismo durazno tributa varias veces antes de llegar al mostrador. El Estado cobra siempre, aunque a alguien se le haya podrido la mercadería.

La merma existe y alguien la paga.

La fruta madura, se golpea, se pierde. En verdulería la merma no baja del 15 al 25% y con calor puede ser mayor. Esa pérdida no la absorbe el productor —que ya cobró barato— ni el Estado —que cobra igual—. La paga el consumidor.

El mito del verdulero abusivo.

El verdulero paga alquiler, luz, sueldos, transporte y mermas. No es el villano. Es otro rehén de una cadena mal diseñada. El problema no es una persona; es el sistema de comercialización.

Mercados concentradores: cuando no hay mercado.

Los centros de distribución, grandes mercados y cadenas de supermercados no funcionan como mercados libres. Funcionan como estructuras de poder. Deciden quién entra, quién vende, a qué precio y cuándo. En ese esquema, la opacidad no es un accidente: es el lubricante del sistema.

Subfacturación, mercadería que “no existe” en los papeles, controles selectivos y coimas forman parte de una dinámica conocida por productores, transportistas y comerciantes. No se trata de hechos aislados ni de manzanas podridas, sino de un mecanismo tolerado que permite que algunos evadan, otros recauden menos de lo que corresponde y el costo final se traslade al eslabón más débil y al consumidor.

La consecuencia es doble: el Estado pierde recaudación real y, paradójicamente, compensa esa pérdida presionando sobre quienes no pueden evadir, mientras los precios finales siguen inflados por una intermediación que no agrega valor.

La exportación: la caja negra.

En teoría debería equilibrar precios y sacar excedentes. En la práctica, exportan pocos, siempre los mismos, con información privilegiada. El productor no sabe a cuánto se exporta, con qué tipo de cambio, con qué reintegros ni cómo se distribuye la renta. La divisa entra, no derrama. El precio interno baja y el productor queda afuera del negocio grande.

La experiencia que desmiente el relato oficial.

Cuando el productor vende directo, el sistema tiembla. Pasa con zapallo en el NOA, con melón en Mendoza y con producciones chicas que venden directo por internet. Productores sin flota ni logística sofisticada —a veces sin camioneta— salen como pueden. ¿Resultado? Les sacan la mercadería de las manos. Buen precio para el productor, precio razonable para el consumidor. Sin magia. Sin intermediarios.

Estos casos prueban algo incómodo: la cadena larga no es una necesidad económica, es una construcción de poder. Cuando se la saltea, el negocio aparece. Cuando se la respeta, el productor se funde.

Pero ojo con el verso del “arréglense solos”.

La venta directa funciona, pero no alcanza. No escala sola, no abastece grandes ciudades ni mercados lejanos. Para eso hace falta organización real: cooperativas de verdad, logística compartida, cámaras de frío, mercados regionales abiertos y reglas sanitarias proporcionales. Y un Estado que deje de comportarse como socio parásito y empiece a ser árbitro.

El problema no es que los productores no se organicen.

El problema es que cuando intentan organizarse en serio, el sistema los castiga: más impuestos, más controles inútiles y la misma opacidad en industria y exportación.

El socio invisible: el Estado 

No produce, no transporta, no vende, no pierde. Cobra siempre. Cobra cuando la fruta se vende y cuando se pudre. Cobra en cada paso. Si ese socio se sigue llevando un 3%, 5% o 10% pase lo que pase, el final es inevitable: abandono de chacras, fincas, pérdida de producción local, dependencia de importaciones y precios cada vez más altos.

Cuando la producción local desaparece, no vuelve. Y cuando vuelve, lo hace importada y más cara.

No es ideología. Son números.

No es campo contra ciudad. Es un sistema extractivo que recauda en cascada, tolera la opacidad y empuja el riesgo hacia abajo. Mientras no se defienda la transparencia de los mercados, de la industria y de la exportación, la fruta seguirá cara y el productor seguirá fundido.

La venta directa muestra el camino.

La organización colectiva permitiría recorrerlo a escala.

Sin eso, el socio invisible seguirá ganando… hasta que no quede nada que producir.El productor cobra primero y cobra poco.

Produce con costos dolarizados, mano de obra intensiva, riesgos climáticos y mermas inevitables. No fija precios, no traslada impuestos y no puede “esperar a ver si mejora”. Si no vende, pierde todo. Cuando la fruta no va a fresco, aparece la industria como válvula de presión: $250 + IVA para fábrica; $150 + IVA para descarte. Eso no es precio de mercado: es precio de poder. Funciona como techo para el fresco y como amenaza permanente. “Si no te gusta, va a fábrica”.

Mover fruta no es cargar tornillos.

Para transportar hay exigencias sanitarias obligatorias: DTV-e, habilitación del vehículo, controles en ruta. Todo eso no agrega valor al producto, pero agrega costos y riesgos. Una carga puede perderse al 100% por calor, golpes, demoras o decomisos. Por eso existen seguros y márgenes preventivos. No por avaricia, por supervivencia.

La cadena larga y el impuesto en cascada.

Productor, consignatario, puesto en mercado concentrador, verdulería. En cada cambio de manos hay IVA, Ingresos Brutos, tasas, cargas laborales, impuesto al cheque. No es que una factura diga “50% impuestos”. Es peor: la presión fiscal se acumula. El mismo durazno tributa varias veces antes de llegar al mostrador. El Estado cobra siempre, aunque a alguien se le haya podrido la mercadería.

La merma existe y alguien la paga.

La fruta madura, se golpea, se pierde. En verdulería la merma no baja del 15 al 25% y con calor puede ser mayor. Esa pérdida no la absorbe el productor —que ya cobró barato— ni el Estado —que cobra igual—. La paga el consumidor.

El mito del verdulero abusivo.

El verdulero paga alquiler, luz, sueldos, transporte y mermas. No es el villano. Es otro rehén de una cadena mal diseñada. El problema no es una persona; es el sistema de comercialización.

Mercados concentradores: cuando no hay mercado.

Los centros de distribución, grandes mercados y cadenas de supermercados no funcionan como mercados libres. Funcionan como estructuras de poder. Deciden quién entra, quién vende, a qué precio y cuándo. En ese esquema, la opacidad no es un accidente: es el lubricante del sistema.

Subfacturación, mercadería que “no existe” en los papeles, controles selectivos y coimas forman parte de una dinámica conocida por productores, transportistas y comerciantes. No se trata de hechos aislados ni de manzanas podridas, sino de un mecanismo tolerado que permite que algunos evadan, otros recauden menos de lo que corresponde y el costo final se traslade al eslabón más débil y al consumidor.

La consecuencia es doble: el Estado pierde recaudación real y, paradójicamente, compensa esa pérdida presionando sobre quienes no pueden evadir, mientras los precios finales siguen inflados por una intermediación que no agrega valor.

La exportación: la caja negra.

En teoría debería equilibrar precios y sacar excedentes. En la práctica, exportan pocos, siempre los mismos, con información privilegiada. El productor no sabe a cuánto se exporta, con qué tipo de cambio, con qué reintegros ni cómo se distribuye la renta. La divisa entra, no derrama. El precio interno baja y el productor queda afuera del negocio grande.

La experiencia que desmiente el relato oficial.

Cuando el productor vende directo, el sistema tiembla. Pasa con zapallo en el NOA, con melón en Mendoza y con producciones chicas que venden directo por internet. Productores sin flota ni logística sofisticada —a veces sin camioneta— salen como pueden. ¿Resultado? Les sacan la mercadería de las manos. Buen precio para el productor, precio razonable para el consumidor. Sin magia. Sin intermediarios.

Estos casos prueban algo incómodo: la cadena larga no es una necesidad económica, es una construcción de poder. Cuando se la saltea, el negocio aparece. Cuando se la respeta, el productor se funde.

Pero ojo con el verso del “arréglense solos”.

La venta directa funciona, pero no alcanza. No escala sola, no abastece grandes ciudades ni mercados lejanos. Para eso hace falta organización real: cooperativas de verdad, logística compartida, cámaras de frío, mercados regionales abiertos y reglas sanitarias proporcionales. Y un Estado que deje de comportarse como socio parásito y empiece a ser árbitro.

El problema no es que los productores no se organicen.

El problema es que cuando intentan organizarse en serio, el sistema los castiga: más impuestos, más controles inútiles y la misma opacidad en industria y exportación.

El socio invisible: el Estado 

No produce, no transporta, no vende, no pierde. Cobra siempre. Cobra cuando la fruta se vende y cuando se pudre. Cobra en cada paso. Si ese socio se sigue llevando un 3%, 5% o 10% pase lo que pase, el final es inevitable: abandono de chacras, fincas, pérdida de producción local, dependencia de importaciones y precios cada vez más altos.

Cuando la producción local desaparece, no vuelve. Y cuando vuelve, lo hace importada y más cara.

No es ideología. Son números.

No es campo contra ciudad. Es un sistema extractivo que recauda en cascada, tolera la opacidad y empuja el riesgo hacia abajo. Mientras no se defienda la transparencia de los mercados, de la industria y de la exportación, la fruta seguirá cara y el productor seguirá fundido.

La venta directa muestra el camino.

La organización colectiva permitiría recorrerlo a escala.

Sin eso, el socio invisible seguirá ganando… hasta que no quede nada que producir.

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