La elefanta Kenya murió en el Santuario de Elefantes de Brasil a menos de seis meses de haber sido trasladada desde Mendoza. Su muerte reabre un debate incómodo: el cautiverio prolongado, la inacción del Estado, los traslados tardíos presentados como “liberación” y un sistema que privilegió la foto y el relato por sobre la vida.
Kenya murió el 20 de diciembre de 2025 en el Santuario de Elefantes de Brasil (SEB). Tenía una edad avanzada y arrastraba décadas de cautiverio en el Ecoparque de Mendoza. Decir que fue una muerte “natural” es, como mínimo, incompleto. La pregunta honesta es otra: ¿murió por su edad o porque se la empujó más allá de lo que su cuerpo podía tolerar?
Durante años, Kenya vivió sobre suelos duros, con rutinas pobres y estrés crónico. Ese deterioro no ocurrió en Brasil: ocurrió bajo custodia del Estado provincial. Cuando finalmente se decidió el traslado, ya era una elefanta frágil. Aun así, fue sometida a entrenamiento para ingresar a la jaula y a un viaje de miles de kilómetros, procesos que la veterinaria reconoce como altamente riesgosos en animales gerontes. El estrés también mata, aunque no figure en un certificado.
La decisión de trasladarla se justificó como “libertad”. Pero cuando la libertad llega tarde y en condiciones extremas, deja de ser bienestar y pasa a ser otra carga para un cuerpo agotado. La pregunta que nadie respondió es simple: ¿por qué avanzar igual si el riesgo para su salud era evidente?
Kenya no fue un caso aislado.
Pocha, elefanta asiática del Ecoparque, murió en octubre de 2022, pocos días después de llegar al mismo santuario.
Tamy, elefante macho de Mendoza, murió en junio de 2025, antes de poder ser trasladado, porque su estado físico ya no resistía el proceso.
Distintos nombres, mismo origen, mismo patrón: encierro prolongado, deterioro y final trágico.
El Ecoparque de Mendoza fracasó como política pública. No hubo planificación temprana, ni evaluaciones de riesgo oportunas, ni decisiones a tiempo. Cuando el daño ya era irreversible, se eligió trasladar el problema, no resolverlo. El traslado funcionó como propaganda: cerrar un expediente incómodo y mostrar una salida “humanitaria” para la foto.
Tampoco puede omitirse el rol de los santuarios internacionales, sostenidos por donaciones y campañas de rescate. En ese circuito, cada traslado es una historia; cada historia moviliza fondos. Los animales viejos y enfermos generan más impacto emocional. Si sobreviven, el santuario es salvador; si mueren, la culpa se deposita por completo en el pasado. El sistema cierra para las instituciones. No para el animal.
Responsabilidades
La responsabilidad es política y concreta. Recae en el Gobierno de Mendoza y, en particular, en:
- la Secretaría de Ambiente y Ordenamiento Territorial, como autoridad del Ecoparque;
- la Dirección del Ecoparque, por la gestión cotidiana y la inacción prolongada;
- y los organismos de control, que nunca intervinieron pese al deterioro evidente.
Kenya no murió “de vieja”. Murió por años de cautiverio, falta de decisiones a tiempo, estrés acumulado, entrenamiento forzado y un traslado tardío presentado como liberación. Cambiarle el nombre a los hechos no los cambia. Mientras se siga llegando tarde y vendiendo épica para tapar desidia, el resultado será el mismo: animales muertos y funcionarios que se lavan las manos.
