Lo que nos prometieron
Muchos de nosotros crecimos escuchando la misma promesa, en la mesa familiar o en boca de algún dirigente: estudiá, conseguí un trabajo estable, sacá un crédito hipotecario, y a los treinta y pico vas a tener las llaves de tu casa. Nuestros padres o abuelos, con un sueldo y un plazo fijo, muchas veces lo lograron. La casa propia no era un lujo aspiracional: era el final lógico de una vida de trabajo honesto. El alquiler era una etapa de juventud, no un destino. Y la boleta de luz, agua o gas era un gasto fijo y previsible, no una sorpresa mensual que obliga a recalcular el presupuesto familiar.
Esa promesa tenía una lógica simple: esfuerzo hoy, propiedad y estabilidad mañana. Es la misma lógica que todavía repetimos, casi por inercia, cuando le decimos a un hijo o a un nieto que "hay que estudiar y trabajar para tener lo propio".
Lo que nos dan
Esa lógica se rompió, y se rompió para varias generaciones a la vez. Hoy trabajar no alcanza para ahorrar, ahorrar no alcanza para acceder a un crédito razonable, y el que se endeuda para llegar a fin de mes termina expulsado del sistema financiero antes de haber comprado nada. La casa propia, para buena parte de la clase media y trabajadora, dejó de ser un horizonte realista y se volvió una posibilidad reservada a quien ya tiene un patrimonio previo, una herencia o ingresos en dólares. Y el alquiler, que iba a ser una etapa, se convirtió en una condición de por vida para millones de familias.
La nostalgia, acá, no es un capricho: es la medida exacta de la distancia entre lo que nos dijeron que íbamos a tener y lo que efectivamente tenemos. No estamos peor porque trabajamos menos o porque gastamos de más. Estamos peor porque el contrato social que sostenía esa promesa —trabajo estable, crédito accesible, tarifas razonables— se desarmó, y nadie nos avisó que había que empezar a jugar con reglas distintas.
Siete millones de personas afuera del sistema
Según un informe de la consultora 1816 sobre datos del Banco Central, la mora de las familias en entidades financieras trepó al 12,7% en mayo de 2026 —se multiplicó por cinco en apenas dos años— y en entidades no financieras y billeteras virtuales llega al 32,2%. La consecuencia es que casi 7 millones de personas dejaron de ser "sujetos de crédito": quedaron fuera de la posibilidad de acceder a un préstamo, aunque bajen las tasas. No es un problema de indisciplina individual. Es un sistema que empujó al consumo financiado con tasas que en muchos casos son claramente usurarias, y que ahora cobra la factura con la exclusión de millones de familias, sobre todo jóvenes: casi 4 de cada 10 menores de 35 años con crédito vigente está en mora.
Cada vez menos propietarios, cada vez más inquilinos
En 2016, siete de cada diez hogares argentinos eran propietarios de su vivienda y terreno. Según la Encuesta Permanente de Hogares del INDEC, procesada por la Fundación Tejido Urbano, esa proporción cayó al 61,9% en 2025, mientras que el porcentaje de inquilinos subió del 17,7% al 20,5%. En las grandes ciudades el fenómeno es todavía más marcado. Para una parte creciente de la clase media y trabajadora, alquilar dejó de ser una etapa de transición hacia la casa propia y se convirtió en una condición permanente, con toda la incertidumbre y el gasto que eso implica mes a mes.
Servicios básicos: la otra cara de la misma moneda
El deterioro no se limita a la vivienda. El acceso al gas de red cayó del 71,4% al 65% de los hogares en la última década, y la proporción de hogares que carece de al menos uno de los tres servicios básicos (agua, cloacas, gas) subió del 44% al 47,3%: son más de 4,8 millones de hogares. A esto se suma, en Mendoza, el fuerte incremento de tarifas eléctricas que se viene discutiendo en el marco del Cuadro Tarifario VAD 2026 de EPRE, con la audiencia pública realizada el 3 de julio, y los reclamos por servicio de agua y saneamiento, con sanciones a AYSAM por derrames de líquidos cloacales. Familias que ya están endeudadas y sin acceso a vivienda propia reciben, además, boletas de luz, agua y gas cada vez más altas en relación con su ingreso.
Tres crisis que son una sola
El sobreendeudamiento, la imposibilidad de acceder a una vivienda propia y el encarecimiento de los servicios públicos no son problemas aislados: son la misma lógica aplicada a tres frentes distintos. Se le exige al ciudadano que sea "responsable" con sus pagos en un sistema que le ofrece tasas impagables; se le vende la aspiración de la casa propia mientras el crédito hipotecario sigue siendo marginal y los precios están dolarizados; y se le factura un servicio esencial como si fuera un bien de lujo, sin que exista una revisión seria de la razonabilidad de esas tarifas ni de los contratos de adhesión que las sostienen.
Desde la defensa del consumidor y del usuario de servicios públicos, esto tiene un nombre concreto: abuso de posición dominante disfrazado de "reglas de mercado". Y tiene también una herramienta concreta para enfrentarlo: la impugnación formal de intereses usurarios, de cargos indebidos y de aumentos tarifarios sin la debida participación ciudadana. El silencio del deudor o del usuario es la mejor noticia para el acreedor y para la empresa prestadora. La respuesta organizada —individual y colectiva— es lo único que empieza a torcer esa relación de fuerzas.
Mario Vadillo. Abogado (Mat. T° 75 F° 347, Colegio de Abogados de Mendoza), especialista en defensa del consumidor y del usuario de servicios públicos.
Fuentes: Consultora 1816 sobre datos BCRA (mora financiera, mayo 2026); Fundación Tejido Urbano sobre EPH-INDEC (tenencia de vivienda y servicios básicos, informe 2026); EPRE Mendoza (Cuadro Tarifario VAD 2026, audiencia pública 3/7/2026).

