Una docente mendocina logró mejorar la convivencia escolar cambiando algo aparentemente sencillo: la forma en que los alumnos se hablan. Su experiencia debería obligarnos a discutir un problema mucho más grande.
Hay experiencias pequeñas que deberían provocar debates enormes.
En una escuela secundaria de Maipú, la profesora de Historia Marianela Bione observó algo que probablemente vemos todos los días, pero que hemos terminado naturalizando: los chicos se hablaban mal. Insultos, burlas, agresiones, humillaciones. No siempre había violencia física. Pero antes de muchos conflictos aparecía algo más silencioso — la violencia en el lenguaje.
Entonces decidió intervenir. Creó «Hablar Bonito»: enseñar a los alumnos a no decir malas palabras, tratar con respeto, usar expresiones amables, reconocer las buenas acciones. Para eso usó códigos que los adolescentes conocen perfectamente — corazones para las conductas positivas, cruces para las negativas. Un lenguaje de redes sociales trasladado al aula.
Lo que empezó en tres cursos terminó en 24 divisiones y más de 600 estudiantes. Bajaron los conflictos, las actas disciplinarias y las citaciones a familias. Los propios alumnos empezaron a corregirse entre ellos. La comunidad —familias, comercios— se sumó.
El valor de esta experiencia no está solo en combatir el bullying. Está en recordarnos algo que la sociedad parece haber olvidado: las palabras modifican conductas.
La violencia no empieza con un golpe
Discutimos la violencia cuando ya pasó. Cuando un chico golpea a otro, cuando aparece una amenaza, cuando hay una tragedia. Ahí aparecen los funcionarios, los protocolos, las declaraciones. Pero casi nunca discutimos qué hubo antes.
Y antes de la violencia física, casi siempre hubo palabras: burlas, apodos, hostigamiento, amenazas. La violencia se construye por etapas, y el lenguaje suele ser uno de los primeros escalones. La propia experiencia de «Hablar Bonito» parte de esa observación.
Por eso hay que ampliar el debate. Este problema no es solo de las escuelas.
Una sociedad que aprendió a gritar
Prendé la tele. Escuchá algunos programas de radio. Entrá cinco minutos a las redes. Mirá una discusión política. La agresión se convirtió en espectáculo: cuanto más fuerte se grita, más audiencia; cuanto más se humilla, más repercusión; cuanto más brutal la frase, más viral.
Los algoritmos descubrieron que la indignación captura atención, y la atención vale dinero. Se armó un negocio gigante alrededor de nuestras emociones más negativas. La moderación aburre, la explicación compleja no consigue clics, el diálogo razonable no se vuelve tendencia. El insulto, la pelea, la humillación y el escándalo, sí.
Después nos sorprendemos porque nuestros hijos reproducen el lenguaje que escuchan todos los días. ¿Dónde creemos que aprenden a comunicarse?
Los medios también tienen responsabilidad
Durante décadas discutimos la responsabilidad social de los medios. Hay que volver a hacerlo — no para censurar, no para controlar opiniones, no para frenar la crítica. Una democracia necesita periodistas incómodos, ciudadanos críticos y debates fuertes. Pero hay una diferencia enorme entre confrontar ideas y destruir personas, entre investigar y humillar, entre denunciar y convertir la violencia verbal en entretenimiento.
El problema aparece cuando el conflicto permanente genera rating. Y entonces hace falta una pelea nueva todos los días, un enemigo nuevo, una frase escandalosa, alguien para destruir.
La publicidad tampoco es inocente
¿Qué modelos de comportamiento estamos vendiendo? La publicidad no solo vendió productos: vendió formas de vivir, cuerpos, consumo, prestigio, competencia. Hoy vende atención, y para conseguirla apela a la provocación, la humillación y los estereotipos.
Nos bombardean con estímulos diseñados para convencernos de que siempre nos falta algo — un teléfono mejor, un cuerpo mejor, más seguidores. Nunca alcanza. La frustración también es negocio. Y una sociedad frustrada es una sociedad más agresiva.
Las redes construyeron la plaza pública más violenta de la historia
Nunca tuvimos tanta capacidad de comunicarnos, y probablemente nunca nos comunicamos tan mal. Hoy una persona puede insultar o humillar a otra delante de miles, de forma anónima, durante meses, y sumar a otros en el proceso — mientras las plataformas ganan dinero con nuestra permanencia frente a la pantalla.
Tenemos que discutir en serio la responsabilidad de las empresas tecnológicas. Cuando un modelo de negocio obtiene beneficios de nuestra atención, no puede desentenderse de las consecuencias del sistema que construyó.
La política es una de las principales responsables
También hay que mirarnos nosotros, los que hacemos política. Durante años convertimos el debate público en una competencia de agresiones: traidor, corrupto, delincuente, zurdo, facho, casta. Cada espacio político arma su propio diccionario para deshumanizar al adversario. Y después pretendemos que la sociedad dialogue.
Es absurdo pedirles respeto a los chicos mientras los adultos construimos poder a los insultos. Es absurdo organizar campañas contra el bullying mientras premiamos electoralmente al que mejor humilla. La política también educa — para bien o para mal. Cada discurso, cada declaración, cada posteo.
No estoy proponiendo una sociedad sin diferencias
Todo lo contrario. Quiero una sociedad que discuta más, que cuestione al poder, que denuncie injusticias, que enfrente privilegios, que defienda sus convicciones — pero sin destruir al otro. Una democracia no se fortalece eliminando las diferencias, se fortalece aprendiendo a convivir con ellas. Se puede ser firme sin ser violento, crítico sin ser cruel, denunciar sin humillar.
Empezar por algo sencillo
Una profesora mendocina decidió cambiar la forma en que sus alumnos se hablaban. No creó un organismo, no contrató consultores, no presentó un programa millonario. Observó un problema, probó una idea, la sostuvo tres años. Los alumnos respondieron, las familias participaron, la comunidad se involucró.
Las grandes transformaciones sociales no siempre empiezan con grandes leyes. A veces empiezan cambiando hábitos — y pocos hábitos tienen tanta capacidad de transformar una sociedad como la manera en que nos hablamos.
Mendoza debería abrir este debate. En las escuelas, en los medios, en las universidades, en los clubes, en las familias, en las empresas, en la publicidad, en las redes y también en la política. Porque podemos aprobar cien protocolos, endurecer sanciones, crear observatorios, multiplicar campañas — pero si seguimos premiando al que insulta, al que humilla y al que odia, vamos a llegar siempre tarde.
Las palabras pueden destruir una persona. Pero también pueden reconstruir una comunidad.
La pregunta es más incómoda: ¿qué estamos haciendo nosotros, todos los días, con las palabras que elegimos usar?
Mario Vadillo

