La corrupción no nace de un día para otro

La corrupción no empieza cuando un juez abre un expediente. Empieza mucho antes.

Empieza cuando un funcionario cree que no le debe explicaciones a nadie. Cuando el poder responde con agravios en lugar de respuestas. Cuando se persigue al que pregunta y se blinda al que manda.

Eso es, exactamente, lo que vimos.

La carta de renuncia de Adorni lo confirma sin querer: páginas enteras para hablar de su dolor, de los medios y de su familia, y ni una sola para responder —con pruebas— las preguntas concretas que se le hicieron. La víctima reemplaza al funcionario. El relato reemplaza a la rendición de cuentas. «No hay un solo hecho de corrupción», dice; pero a las preguntas no se las contesta con un comunicado: se las contesta con documentación.

Y mientras crecían los cuestionamientos, Javier Milei eligió sostenerlo. El PRO acompañó el blindaje. Y aliados radicales como Alfredo Cornejo volvieron a mostrar que, para cierta dirigencia, la transparencia depende del color político del investigado.

Los que llegaron prometiendo terminar con la casta hicieron lo que durante años denunciaron: cerrar filas para proteger a uno de los suyos.

Porque la corrupción no necesita solo funcionarios dispuestos a cruzar el límite. Necesita dirigentes que callen, legisladores que miren para otro lado, militantes que justifiquen lo injustificable y ciudadanos que se acostumbren al doble discurso.

La corrupción no tiene ideología. Tiene método.

Y su método es simple: reemplazar los controles por obediencia, la verdad por relato y la ética por conveniencia.

Hoy fue Adorni. Ayer fueron otros. Y mañana serán otros más —si seguimos tolerando que quienes prometen una revolución moral terminen gobernando igual que aquellos a los que juraron combatir.

Porque la verdadera casta nunca fue un partido.

Es la impunidad del poder cuando decide protegerse a sí mismo.

Scroll al inicio
Consulta legal